En clave de duelo, de confrontación, los cuentos de Los hijos, los hijos entran a los tiros, buscarroñas, héroes pendencieros pero justos, atrevidos pero nobles. ¡Los hijos!, ¡¡¡los hiiijos!!! así con la exclamación en ascenso, estirando las sílabas, como un padre o una madre lo diría, tomándose la cabeza ante los martirios de la crianza, del duelo por encauzar la rebeldía, ¡estos cuentos!, ¡¡¡estos cuentos!!!, dirían José Hernández, Esteban Echeverría, Borges, Bioy Casares. Y en ese tomarse la cabeza está implícito el reconocimiento, la admiración del gesto, porque en esa búsqueda de identidad, Los hijos, los hijos elige mirar a los ojos a los padres, tomar su tradición, insertarse en ella, pero no desde la imitación ciega, desde la repetición obediente, sino desde una rebeldía que no niega la tradición pero la cuestiona, sin pensarse iluminado pero tampoco ingenuo. Entonces Los hijos, los hijos… dicho ahora en tono susurrante, como lo diría una madre o un padre orgulloso, la mirada puesta en algún lado muy adentro, y como esa emoción del hijo no puede decirse con palabras queda en los puntos suspensivos cargados de lágrima contenida: Los hijos, los hijos…
Todo preso es político, todo texto es político, preso del lenguaje y de una tradición todo texto literario disputa su inserción en el campo del discurso, del debate por el sentido y la forma, desde una moral que se expresa en la materialidad del texto, su estética, su estructura. Siempre es político este gesto. Pero si todo texto es político entonces ningún texto lo es, porque lo político entonces sería una omnipresencia imposible de distinguir del resto, una omnipresencia como la de Dios, que al estar en todos lados no está en ninguno. ¿Cuál es entonces la ética de ese texto? ¿Cuáles son las reflexiones, más o menos explícitas, que guían la ejecución de ese texto como artefacto político?
Los hijos, los hijos mira el pasado y lo repiensa desde el presente; somos hoy algo porque antes otros fueron; y si esos que antes fueron hicieron las cosas de algún modo, qué de aquello debemos cuestionar, qué de aquello debemos tomar. La historia se escribe en el presente. El pasado está vivo en nuestra acción en el presente. Tenemos margen de acción y a la vez estamos atados. Identificar las ataduras pero también la potencia transformadora, orientar esa tensión hacia un lugar nuevo, en un sentido de emancipación y lucha. Eso hacen estos textos en un gesto político estructural, fundado en la reescritura de textos fundantes de la literatura nacional, desde una actitud vital, cuestionadora, en cada caso, con recursos diferentes pero siempre en el campo de la disputa: “El matadero” de Esteban Echeverría; el Martín Fierro de José Hernández más “El fin” de Borges; “La fiesta del monstruo” de Borges-Bioy Casares más “El niño proletario” de Lamborghini; “La biografía de Tadeo Isidoro Cruz” de Borges más “El amor” de Martín Kohan. Y si en “El matadero” se brutaliza a las clases populares y a los partidarios de Rosas, ese ensañamiento discursivo es resignificado en “Creer en el nombre del Padre”; si en la ampliación del mundo del Martín Fierro que ejecuta Borges sigue siendo secundaria la voz del negro, esa voz se pone en primer plano en “Pegarle al chancho (para que aparezca el que le da de comer)”; si en “La biografía de Tadeo Isidoro Cruz” hay inserción en un linaje militar y exaltación de la hombría gaucha, en “Página para recordar que un cipayo no elige el destierro” en alianza con “El amor” de Martín Kohan, las identidades sexuales no hegemónicas exploran los poros de un bloque discursivo que se pretende monolítico; si en “La fiesta del monstruo” se brutaliza a las clases populares y a los partidarios del peronismo, “Los diarios de Nelly Cunial de Stroppani” en alianza con “El niño proletario” de Lamborghini imponen un cambio de mirada que pone ese mundo patas para arriba, desde el dolor de una madre que pena la muerte de su hijo, que pena la muerte de su esposo.
Siguiendo el gesto político de intervención y reescritura desde la confrontación que plantea Los hijos, los hijos, tomo la frase de Clausewitz, “La guerra es la continuación de la política por otros medios”, y digo que en Los hijos, los hijos la escritura es la continuación de la política por otros medios, porque hay voluntad política desde el uso del artefacto literario como un arma, porque hay elección de un corpus de textos en particular que pensaban en esos términos naturalizando la violencia física, psicológica, política y discursiva de unos sobre otros y que Los hijos, los hijos busca develar.
La historia la escriben los que ganan, porque desde el ejercicio del poder quienes ganan amplifican su discurso en la batalla cultural por moldear el sentido común; pero también es cierta la inversión de la frase, la historia la ganan los que escriben, porque con las armas de la escritura también se disputan sentidos, construyendo imaginarios de lo posible, naturalizando o cuestionando formas de vivir las relaciones, explorando voces y puntos de vista otros, mundos simbólicos que construyen un horizonte de posibilidad para la acción. Desde la trinchera de la literatura, eso viene a decirnos Los hijos, los hijos; quien quiera oír que oiga.